Recuerdo los otoños de mi infancia; esos en que a primeros de octubre ya llevábamos chaquetillas de lana azul marino para ir al colegio, y que pocos días después mi madre atenta al frío, sacaba del armario el abriguito de lana también marino con olor a antipolillas, que junto a los guantes de lana a juego, me ayudarían a soportar mejor el invierno y no caer en resfriados incómodos y recurrentes. Todo ha cambiado mucho; es decir los hombres hemos cambiado el reloj interno de la tierra; y aquella estación semi fría, húmeda, gris y en parte oscura, va quedando atrás para dar paso ¿quien sabe a que?; ¿a chaquetillas ligeras? ¿a mangas cortas? ¿a recoger bufandas y guantes hasta bien entrado el invierno?... Pero el OTOÑO sigue ahí; parece que su misión es la de darse a conocer para que veamos que no ha muerto, llenando espacios de hojas inertes, que junto al viento dan lugar a un baile que parece no tener fin, y a una renovación que en su momento dará sus frut...